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Daimiel. “En unos momentos, la ruina”

Los daimieleños que se asoman o ya han cumplido los cuarenta recuerdan aquella noche como una pesadilla infantil muy real. Los que por entonces tenían esa edad y ahora son abuelos no les gustaría que sus nietos volvieran a sentir esa angustia. Son ese tipo de acontecimientos que la memoria archiva para el resto de la vida, aunque apenas duren unos minutos. 
Esa noche del viernes 31 de mayo de 1985 fueron “unos veinte”, según la crónica que público el diario Lanza el 2 de junio. Puede que fueran más, o que se hicieran “eternos”, como se añade a continuación. Sobre las once de la noche de aquel viernes, el cielo se rajó sobre Daimiel y una virulenta tormenta de granizo hizo palidecer a un pueblo entero. Los tejados crujían, los sótanos y los patios se inundaban y una metralla de hielo dejaba su firma en casi todas las persianas y se acumulaba en las calles hasta alcanzar los 25 centímetros.  
Con el susto en el cuerpo y en el alma, la cabeza de todos, la de un pueblo de agricultores, empezó a temer por las consecuencias en sus cultivos. A temer por el pan de muchas familias. Unos días antes, una helada provocó las primeras pérdidas del año. En ese instante, la sensación, como luego se cumplió, era que nada o muy poco se salvaría de aquella hecatombe. 
“En unos momentos, la ruina”
Todavía con el cielo goteando, una romería de vehículos se tiró al campo para con “la ayuda de los faros comprobar el terrible daño que se había cernido sobre la espléndida cosecha que ya estaba a punto de ofrecerse a la recolección”. Pero ya no había cosecha ni nada que recoger. “En unos momentos, la ruina”, le contaban a Herrera Piña, cronista de Lanza, los agricultores con los que se cruzaba mientras fotografiaba el campo de batalla que había asolado la piedra. “Muchas espigas quedaron desnudas, como si una mano misteriosa, en el fragor de la tormenta, se hubiera entretenido en desgranarlas. (…) Los tallos tiernos que estaban intentando resucitar de las heladas (…) partidos en mil pedazos como si alguien les hubiera propinado una gigantesca perdigonada. (…) Muchos animalillos como perdices, conejos, liebres, urracas, ratillas campestres fueron enterrados por el granizo y allí estaban sus cadáveres destrozados por la furia”, se puede leer en este particular parte de guerra agrícola.   
Y después de las metáforas, los fríos números. En esas primeras estimaciones, las pérdidas se cifraron “en unos 1.700 millones de pesetas”, lo que ahora serían más de 10 millones de euros. El 75% de la cosecha en el término municipal de Daimiel. “En unos momentos, la ruina”. 
Ayudas para los afectados 
En las horas y días siguientes tocaba la respuesta institucional. De ésta se da cuenta de nuevo en el diario Lanza el jueves 6 de junio. Se informa de la visita que el día anterior realizaron el gobernador civil Joaquín Íñiguez, el presidente de la Diputación de Ciudad Real, Javier Martín del Burgo, y el director provincial de Agricultura, José María Moreno a las zonas afectadas por el pedrisco. 
En Daimiel, los políticos se reunieron “con numerosos agricultores que expusieron la problemática actual y las repercusiones que a corto y medio plazo acarreará al sector agrario de esta zona; recogiendo estas inquietudes y peticiones para incorporarlas al informe técnico que se está elaborando”.  
De entrada, como luego recoge la noticia, el Gobernador Civil trasladó a los afectados que dentro de las posibles ayudas se contemplaban “créditos a bajo interés y el aplazamiento en el pago de las moratorias y de las cuotas a la Seguridad Social”. Asimismo, se anuncia que en el pleno del 4 de junio en la Diputación Provincial se aprobó una moción que pedía ayudas para los agricultores afectados. 
Desde el Ayuntamiento de Daimiel, regido entonces por Apolonio Díaz de Mera, la movilización política de la que queda constancia en el Archivo Municipal es la del pleno de 10 de junio. En esta sesión, y a raíz de una moción del Grupo Popular, se aprueba solicitar que el término municipal sea declarado zona catastrófica. 
Una demanda que se sustentó en dos expedientes donde se registraron los agricultores afectados, sus circunstancias personales, si contaban con seguro o si tenían préstamos bancarios. En esas mismas fichas “rellanadas por los particulares”, como señala el archivero municipal, José Manuel Mendoza, se incluyen los informes de la Policía Local y la Guardería Rural verificando o no el porcentaje de daños estimado por los agricultores. 

Esa valoración, con más o menos justicia en la compensación económica, queda en el terreno de lo particular. En la colectiva, la huella es imborrable. Cada año, cada primavera, cada vez que el cielo se pone muy oscuro y empieza a tronar todavía hoy, más de tres décadas después, se habla de la noche de la piedra de ese fatídico viernes 31 de mayo de 1985. 

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